La filosofía, la serpiente y el ave
Cuando pienso en escribir filosofía, la primera pregunta inmediata que aparece en mi mente es ¿de qué forma se filosofa escribiendo? O ¿en qué tipo de escritos puede aparecer la filosofía? Entonces me fijo en aquellos que considero filósofos, en sus obras, para tratar de encontrar el tipo de texto que utilizaron para expresar sus pensamientos. Pero en vez de encontrar un tipo común de texto filosófico, veo que cada cual ha utilizado la manera más cómoda para sí mismo. Unos escribieron poesía, otros novelas, algunos diálogos, o ensayos, manifiestos, cuentos, aforismos, máximas, canciones; algunos ni siquiera escribieron, solo dijeron; y seguro habrá quienes tampoco hayan dicho, y solo hayan vivido filosóficamente.
Si la filosofía es el amor a la sabiduría, el deseo de poseer algo valioso que en la misma búsqueda se carga de más valor; el anhelo, la pasión por lo más profundo de nosotros mismos, por intentar conocer aquello que nos constituye; si es todo aquello y más, me pregunto ¿no sería un crimen encerrarla en un cerco electrificado de reglas gráficas o de cualquier otra índole?
La filosofía sale como sale: a la luz, para que cualquiera la vea y solo algunos la entiendan; entre sombras, para que pocos la vean y menos la entiendan; incluso puede ser visible solo para su padre, su creador; y por qué no, oscura para el propio dueño y luminosa para otros.
Hubo una vez una serpiente terriblemente envidiosa y malvada que pudo convencer a un ave de que lo mejor para esta última era bajar del aire y poner los pies en la tierra; adaptarse a lo concreto, dejar de volar por las nubes y dejar de soñar con cosas impredecibles. Día a día la serpiente fue instruyendo al ave sobre su nueva manera de vivir: le prohibió el canto y delimitó un pequeño espacio por el que podía moverse en busca de su alimento, lo justo y necesario; nada de paseos más allá de los límites ni visitas de extraños libertadores en potencia. Luego de un buen tiempo, el ave ya se había acostumbrado a su nueva vida, que no cuestionaba ni pensaba en la posibilidad de que fuera de otra manera; hasta había olvidado los vuelos magníficos que otrora hiciera, solo por el placer de experimentar la sensación del aire acariciando sus alas, de la libertad acariciando su corazón. Estaba sola, con las alas entumecidas, la mirada perdida en la nada, con sobrepeso por no hacer otra cosa que comer sin moverse casi nada, lista para ser devorada por fin por la serpiente. Pero justo antes de la matanza, antes de la victoria de la serpiente, el ave, como si despertara de una pesadilla y al hacerlo se encontrara en otra mucho peor, en su último acto de libertad, se muere sola, sin ser asesinada.
El hecho es que la filosofía exige libertad. Libertad que si no le es dada, ella misma deberá tomar a la fuerza, pues de no hacerlo, el riesgo sería mortal, para la filosofía y por ende para el filósofo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario